Ahora Nos Dejas...

Por Rubén Marín Limón

A bote pronto para Pilar, Lupe, Guillermina y Patricia. (Perdonen si las hago llorar)

No existe nadie de las generaciones de mexicanos vivientes que no tenga alguna historia en torno a la música de Alberto Aguilera Valadez, y si alguien lo niega, sin duda está mintiendo.

Al margen de filias y fobias, de estilos y tendencias y de géneros e intérpretes, la obra de Juan Gabriel es completamente inherente al México contemporáneo. Sin él y su grandiosa aportación a la música popular no se entiende a este país en su historia de más de cuatro décadas a la fecha, porque desde aquél “No tengo dinero” de 1971 parece que cada frase y cada acorde lanzado al viento por el nacido en Páracuaro, Michoacán, encontraba destinatario en cada mexicano que terminó por encumbrar sus sueños de compositor y cantante hasta hacerlo un referente, acaso el más grande de la música contemporánea mexicana desde Pedro Infante o José Alfredo Jiménez, lugar que sólo compartía con otro grande: José José.

La noticia de la muerte de Juan Gabriel me encontró trabajando, como cada domingo, pero en esta ocasión con una coincidencia a la cual no le busco cortapisas ni misterios: estaba escuchando su disco de nuevos duetos en Spotify, mismo que no me parecía destacable, vaya, ni la canción interpretada con Andrés Calamaro. Esperaba más, como esperé más de él en los últimos años cuando sus conciertos ya eran un show que dejaba lo musical a la saga de sus evoluciones excesivas en el escenario. Pero eso era él y en verdad podía hacer lo que quisiera y nadie se lo reprochaba. Se lo había ganado a pulso.

Todas las personas de mi generación escucharon la música de ‘Juanga’ por herencia familiar. Madres y padres nos recetaron en años de formación, discos y canciones del hijo pródigo de Ciudad Juárez. En mi caso, en las casas de mis dos abuelas donde tíos y tías lo mismo escuchaban hasta el hartazgo desde el “1, 2 y 3 y me das un beso” pasando por los himnos melodramáticos “Iremos de la mano”, “Siempre en mi mente” hasta la finísima elaboración de piezas de orfebre con el mariachi América de Jesús Rodríguez de Hijar como “Ahora me dejas” o los temazos que hicieron piedra angular de la carrera de la española Rocío Durcal.

Por esa simple razón, Juan Gabriel y su pérdida física constituye una de esas que se perciben muy cercanas, en algunos casos casi familiares, pero además porque con su partida se va uno de los últimos genios de la música popular, esos que no se conformaban con la elaboración de música desechable para satisfacer las exigencias de un mercado en constante depresión en términos cualitativos.

Se va pues dejando tras de sí una vida compleja, la de un hombre que se reinventó por necesidad y porque en su destino estaba grabar su nombre en las vidas de los mexicanos con letras que lo mismo abrevaron del dolor, el amor, la traición, la jocosidad, el desengaño y la redención.

Escribir más acerca de este personaje y a bote pronto es por decir lo menos, imposible.

El fallecimiento de Alberto Aguilera Valadez es desde este 28 de agosto de 2016 una pieza importantísima del complejo rompecabezas de la cultura contemporánea de este país, algo que incluso quedó manifiesto de manera inmejorable en un ensayo del libro “Escenas de pudor y liviandad” de Carlos Monsivaís, donde el escritor lo elevaba desde aquellos principios de los 80 a las alturas de “institución” mientras en el proceso encomiaba su capacidad de imponer su obra y legado a los convencionalismos y prejuicios de un entorno discriminador, equiparándolo incluso al poeta Salvador Novo. Pero también reconocía algo que iba en contra de la corriente intelectual en torno a la definición de emblemas de la cultura popular: “La atroz industria cultural de hoy también producirá figuras, símbolos, emblemas, formas lingüísticas que, asimiladas y reconvertidas, serán parte de la genuina cultura popular”. Eso y más es Juan Gabriel y ya no es menester negarlo, ni desde la perspectiva de aquellos que siempre fueron detractores de esta tendencia.

Un día Juan Gabriel dijo en una entrevista que la música era una manera de comunicarse con los suyos, de agradecimiento, porque gracias a ella no había sido un desgraciado. A eso no basta corresponderlo con un simple agradecimiento, es algo que no vamos a terminar de pagarle, esos muchos, muchísimos a los que nos marcó con lo que mejor supo hacer y transmitir. ¡No tengo-no tenemos- dinero que lo cubra!

¡Hasta siempre maestro!